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Los Imprescindibles

 30 nov 2018
Por: Alejandro Mier

“Hay hombres que luchan un día y son buenos.

Hay hombres que luchan un año y son mejores.

Hay hombres que luchan muchos años y son muy buenos.

Pero hay los que luchan toda la vida, esos son los imprescindibles”.

 

– Bertolt Brech

 

Tras la larga caminata de más de dos horas, la gruesa cuerda que envolvía sus brazos y pecho se aflojó lo suficiente hasta alcanzar cierta movilidad.

El joven, cuya figura era más la de un niño, salvo por sus toscas manos, en dos ocasiones se tiró al suelo mostrando debilidad y cansancio. Estaba exhausto pero su convicción de que esa mañana no había despertado para morir, era mayor. Como águila de presa, acechaba a los tres jinetes esperando el mínimo descuido.

A cada caída, sus captores jalaban la soga obligándolo a incorporarse y uno de ellos, con sonoras carcajadas que dejaban ver una lastimosa dentadura, le gritó: –Ya párate, jijo. Ya merito llegamos y ay vas a tener tiempo de sobra pa ? descansar, jajaja. Era la tercera vez que Ramón caminaba rumbo al paredón para ser fusilado.

Poco más tarde comenzó a reinar el silencio, que sólo rompían de vez en vez, para insultarlo. Él, les clavaba los pequeños ojos verdes y estirando la mano rogaba por agua. Tenía sed, aunque más bien era el pretexto para seguir estudiando a sus enemigos, que comenzaban a mostrar cansancio y desgaste de montar a pelo. En el sudor de los caballos casi se podían ver las manecillas de un reloj, sofocado también por el ardiente sol.

Con la decisión de los grandes, Ramón comenzó a contar mentalmente. Uno, dos, tres, cuatro... Se detuvo, giró, y de un sólo zarpazo le arrebató el arma al más cercano. Cinco, seis... El primer disparo arrojó un sombrero al piso. Siete, ocho... El caballo relinchó obligando a dispararle en tres ocasiones al segundo hombre. Nueve... El regordete jinete se quedó paralizado al ver cómo aquel debilucho y flaco imberbe le apuntaba con su propia pistola. Alcanzó a maldecirlo por última vez antes de que la bala le estallara directamente en el rostro, tumbándolo a un lado de su caballo pinto. Diez, dijo Ramón, esta vez en voz alta.

Se hizo la calma. De forma casi automática enfundó el arma y sólo el lejano aullido de un perro fue sacándolo de su letargo. Observó el camino y nuevamente el polvo, agitado, lo siguió por la colina.

La tarde clareaba. Eran tiempos de la Revolución y el destino había elegido a ese valiente muchacho para convertirse, poco tiempo después, en el Coronel don Ramón Mier Riva Palacio.

Mi abuelo tuvo muchas historias de diferente corte: románticas, de aventura, de nobleza, de humildad... No tuve la fortuna de escucharlas de su propia voz, pero sí me fueron transmitidas a través de ese maravilloso lenguaje que las familias van legando, de boca en boca, a las nuevas generaciones.

En todo hogar hay un abuelo, hay un padre que nos ha colmado de anécdotas, de felices momentos, de palabras sabias y de heroicos andares.

Yo, les pido me disculpen por mantener abierta esta breve conversación. Con permiso.

–Hola abuelito, soy Ale. Te traje tus Delicados sin filtro, sólo que en esta ocasión yo soy el que se los va a fumar. No te preocupes, ya tengo edad. Además, lo hago para ver si el humo llega hasta el cielo y su familiar olor te envuelve en un abrazo. Convídale al Niño de la rosa, le va a gustar saber que aquí estamos todos, sus hijos, mi jefe, mi Ticha, mi tío Héctor; Tavio, Lore, Lili, Jorge y Ramón; las mujeres y los hombres; los chicos y los grandes. Reunidos, aunque no como en aquella foto que nos tomamos hace cuarentaitantos años, ¿te acuerdas? No faltó nadie a tu cumpleaños. Cuatro generaciones en la sala de tu casa. Ahora algunos son nuevos abuelos, los de en medio debutaron como padres y a los infantes que dejaste ya nos les queda ni un pelo de inocencia. Dicen que Toño se parece a ti y que Gerardo heredó tus manos.

Ya lo ves, los mismos que, cada cual, desde su propia trinchera, te recordamos y queremos. Y de una vez te aviso, yo, por lo pronto ya me arranqué con José Alfredo Jiménez. Te prometo no llorar.

 

Dos décadas después del episodio del paredón, allá en la avenida de “Niño perdido” de la capital, mi coronel se tomaba un tequila en “El Tranvía”, su cantina de cabecera, cuando se le acercó un tipo muy mal encarado.

Mi abuelo ya tenía rato observándolo en la mesa contigua. Supuso que algo andaba mal, por lo que con discreción desabrochó el cinto de su pistola.

–¿Ramón Mier Riva Palacio? –preguntó el hombre, con voz grave.

Mi abuelo titubeó un instante en responderle porque su aspecto era aterrador. No tenía el cachete derecho y daba la impresión de que su cara había sido unida agarrando lo poco que le quedaba de carne entre el ojo, la oreja y la barbilla.

–¿Quién pregunta? –contestó Ramón mientras amartillaba el arma debajo de la mesa.

–Usted me hizo esto –dijo señalándose el rostro.

En ese momento, Ramón lo entendió todo y como en una película en la que se escuchaba el aullido de un perro, vio de nuevo al jinete que tiempo atrás creyó muerto cayendo a sus pies con un tiro en la cara.

Hizo un rápido movimiento para incorporarse, pero el hombre lo detuvo.

–No hace falta. Tranquilo. No hay rencor, fueron otros tiempos –dijo mientras le ofrecía la mano.

Después, el hombre caminó a su mesa, mas de pronto se volvió y dijo tocándose el rostro:

–¿Sabe, coronel?, esto no me dolió tanto y puedo perdonárselo, pero lo que jamás podré perdonarle fue que se llevara a “Pinto”, a ese caballo lo quería más que a mi vieja.

–¡Jajaja! –rieron en conjunto.?

Era evidente que la Revolución había quedado atrás...

 

 

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