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Gemelas

 6 ago 2018
Por: Alejandro Mier

El suburbio donde Jennifer Evans y Johnatan Morales iniciaron su vida de casados, era el sueño de toda familia americana.

Corría el año de 1948, ambos eran muy jóvenes y los nuevos aires y ánimos después de la segunda gran guerra presagiaban un futuro lleno de prosperidad.

Johnatan acababa de ser contratado en Emmerson & Partners, una de las compañías constructoras más prestigiadas de Winsconsin. El puesto incluía la renta de una fabulosa casona de madera que tenía todas las espaciosas habitaciones necesarias para una familia y privilegiada y un majestuoso jardín rodeando la propiedad.

Muy pronto, Jennifer quedó encinta hecho que los llenó de felicidad. El mundo parecía perfecto, nada podía ser mejor.

Cuando comenzó el sexto mes de gestación Jennifer había subido en exceso de peso y su abultado vientre amenazaba con dar a luz en cualquier momento; sin embargo, ella se sentía muy bien y sus descansos sólo eran interrumpidos por las tremendas patadas que comenzó a dar Caroline.

Jennifer no lo sabía, pero en pocos meses daría a luz a dos pequeñas y por raro que parezca, cada que Caroline pateaba en busca de su atención, Jennifer, instintivamente, sin saberlo, comenzaba a acariciar la parte alta de su vientre, lugar donde reposaba tranquilamente la pequeña Jenny. Caroline pateaba con más fuerza, pero lo único que lograba es que su madre sobara más a Jenny colmándola de tiernas frases de consolación.

Cuando por fin nacieron, fue una gran sorpresa encontrarse con dos bebés. El doctor Steven se los llevó a su cama y para Jennifer, al verlas, fue como si le hubieran obsequiado dos autos y ella simplemente eligió la de su color preferido dejando a la otra bebé en un muy lejano segundo término, a miles de millas de distancia. –

–Mira mamá, –dijo Jennifer conmovida, –es tan blanca…

–Y tiene el mismo azul de tus ojos, –respondió la Sra. Evans.

–Eres perfecta, nena, –le susurró al oído y dándole su primer beso, agregó: –te llamaré Jenny, igual que tu madre.

La Sra. Evans tampoco se preocupó mucho por observar a la segunda bebé. En ese momento su padre la cargaba y ambas se miraron viendo con cierto menosprecio que la chiquilla tenía ese tono cafecito que tan poco les gustaba de Johnatan, rasgo latino que quizá era el único aspecto de su esposo que ambas despreciaban.

En cuanto llegaron a casa, cada que Jennifer compraba ropa, preparaba de comer o elegía juguetes y regalos, lo hacía pensando en su idolatrada Jenny y de paso, pues tomaba algo para que Caroline, como finalmente Jonathan nombró a la segunda bebé, no la molestara.

Así crecieron y Caroline resentía a cada instante el favoritismo de su madre alimentando la semilla de odio hacia ellas, pero principalmente hacia la causa de su infelicidad: la preciosa, la divina, la inteligente, la agraciada Jenny.

Cinco años tenían la tarde en que mamá las llamó a la mesa. Como siempre, a la primera en servirle fue a Jenny. Mamá le dio un consomé de pollo calientito. Caroline se llenó de rabia porque tenía mucho apetito y no la atendían, así es que con mucha discreción fue arrastrando el mantel, muy despacito, hasta vaciar la sopa hirviendo sobre las piernas de su hermana. Del grito que pegó todos corrieron en su auxilio para llevarla al hospital. Caroline pasó toda la tarde sola, sin que nadie se acordara de ella, pero lo recordaba como uno de los días más felices que había tenido.

Llegada la Navidad de sus ocho años, Caroline cambió su eterna postura de rencor y tristeza por una inmensa sonrisa. Todos estaban extrañadísimos por su nueva actitud a pesar de que, como de costumbre, los regalos de Jenny eran una mina comparados con los despojos que ella recibía. Su mayor momento de regocijo fue cuando Jenny destapó la gigantesca caja en la que venía la “bebé caminadora”. Caroline esta vez se puso en primera fila para ver el amor con que su hermanita abrazó a su muñeca y le mostraba a la familia entera las infinitas gracias de su “bebé caminadora”.

Cuando se fue a recostar, Caroline seguía muy ilusionada y no podía esperar a la mañana siguiente para llevar a cabo los diabólicos planes que había ideado con tanto cuidado, con tanta emoción.

Para el desayuno, nadie se había tomado la molestia de llamarle, así que Caroline hizo como si siguiera dormida hasta que los gritos de horror de su hermanita le iluminaron el semblante. Los escandalosos chillidos provenían de la casa de los perros, al fondo del jardín, donde inexplicablemente había aparecido la “bebé caminadora” completamente mutilada. Por su puesto, nadie sospechó de ella.

Durante los siguientes años la situación se fue agravando, pero para los padres culpar a Caroline era casi imposible ya que para actuar sin ser descubierta era toda una artista, sagaz, astuta.

Estaban por cumplir 18 años cuando Henry entró en sus vidas. Henry era compañero de High school de Jenny y como tenían meses coqueteándose, Jenny pensó que el momento de presentarlo con papá y mamá había llegado.

Caroline se encontraba recostada en el jardín asoleándose en un camastro, cuando los vio entrar. A pesar de que su piel era apiñonada y lucía espectacular, sobre todo en verano cuando le favorecían los rayos del sol, odiaba su tono por el simple hecho de ser más oscuro que el de Jenny, igual que sus ojos, igual que su cabello, igual que su alma.

A pesar de que Henry no hizo absolutamente nada para que así fuera, desde que Caroline lo vio, lo hizo suyo, de su exclusiva propiedad. Lo que más le gustó de él, es que Henry también era moreno claro y que mantenía un cuerpo viril muy atlético y bronceado por las intensas horas de práctica de fútbol americano en el colegio.

A partir de ese primer encuentro, cada que Caroline lo escuchaba llegar a casa se ponía unos shorts ajustadísimos que usaba para dormir y se paseaba ante sus ojos contoneando sus sensuales piernas. Henry por más que quisiera no podía dejar de ver el suculento nacimiento del que asomaban sus caderas. Caroline lo suponía y fantaseaba con aprender a besar prendida de sus labios y enredarse por sus dorados músculos hasta convertirse en sabia del amor para apaciguar su ansia cada vez que él quisiera henchirse de delicias carnales. Por las noches, en cuanto oscurecía, buscaba desesperadamente encontrarse con Henry. Aseguraba que veía las estrellas destellar en sus negros ojos. Y por las madrugadas, ya que todos dormían, sigilosa, bajaba a la cantina de su padre y bebía sus botellas, vodka, tequila y whisky por igual, mientras deliraba ardientes maneras de poseer a Henry.

Pronto vendrían días muy lóbregos para Caroline. Caminaba por la habitación de su madre cuando oyó voces.

–Si hija, sigue mi consejo, –decía la Sra. Jennifer –debes provocar a Henry para que dé el siguiente paso, que se comprometa de una manera más seria contigo.

–…Pero, ¿acaso crees que alguien podría arrebatármelo? ¿Quizás… Caroline?

–No, princesa. Que Dios me perdone, pero tu hermana es muy poca cosa como para eso… es sólo que Henry es muy apuesto y debes amarrarlo por tu propia seguridad…

Caroline no quiso oír más. Furiosa se fue directa al cajón donde escondía las pastillas con las que meses atrás había comenzado a drogarse, extrajo dos y se las tomó ayudada por un trago de whisky.

A la semana siguiente, al enterarse de Henry visitaría a su hermana, se puso un provocador vestido y se llenó de cremas y perfume. Estaba dispuesta a todo, lo tomaría, lo besaría y se entregaría a él, así que, en cierto momento, bajó muy silenciosa las escaleras esperando poder tener el añorado encuentro a solas con él, pero para su mala fortuna lo que vio terminó de hacerla pedazos. Jenny y Henry hacían el amor recostados en la alfombra de la sala. Por primera vez en la vida, a Caroline le temblaron las piernas y sintió resquebrajarse por lo que se puso en cuclillas y sujetada del barandal de las escaleras lloró y lloró sin dejar de ver ni por un segundo cada detalle del punzante acto en la que la dorada piel de Henry se extraviaba entre los lechosos muslos de su hermana.

Para cuando Jenny se fue a dormir a su habitación, Caroline tenía rato deambulando alcoholizada de bar en bar. Había tasajeado con un enorme cuchillo de cacería la cama de su hermana y jamás regresaría a casa, aunque se lo pidieran, hecho que por cierto jamás nadie realizó.

Los años siguieron su curso. Jenny y Henry por fin habían contraído matrimonio y esperaban a su primer bebé. Jenny descansaba plácidamente en la mecedora del jardín cuando el teléfono sonó:

–Hola…

–¡Jenny! ¡Jenny! ¿Eres tú? ¡Soy yo hermanita!

–¿Caroline? No lo puedo creer…

–Sí Jenny soy yo y estoy muy arrepentida de lo sucedido ¡tienes que perdonarme! ¡Te lo ruego! …Estaba tan confundida.

–Oh Caroline, tranquilízate, no tengo nada que perdonarte, pero ¿dónde has estado todo este tiempo? ¿Cómo estás? Mis padres te echan de menos… –mintió.

–Tengo tanto que contarte y estoy tan feliz de que por fin podamos hablar.

–¿Por qué no vienes a casa?

–Eso quisiera, créeme que nada me gustaría más, pero tienes que ayudarme, no puedo presentarme nada más así…

–¿Y yo qué puedo hacer?

–¡Ya sé! ¿Qué te parece si nos reunimos, solo tu y yo como cuando éramos niñas, en la vieja cabaña del bosque? Así podrías aconsejarme que hacer para enfrentarme a mamá y papá y darles la sorpresa de mi regreso.

–Pero Caroline, eso es imposible debes saber que estoy a una semana de dar a luz…

–¡Por favor! ¡Por favor! Será solo una tarde y volveremos juntas a casa, ¡no me niegues eso!

–Está bien, está bien… mañana nos veremos.

En cuanto Jenny llegó a la vieja cabaña, Caroline la sorprendió dándole un fuerte golpe en la nuca con un trozo de la madera que ocupaban para la leña. Después, la amordazó para que sus gritos no fueran a ser escuchados por algún excursionista despistado que merodeara la zona. Le ató las manos por la espalda y halándola de la rubia cabellera, la arrastró al interior.

Al llegar a la sala, la tumbó sobre un camastro que tenía previamente preparado y colocó su maletín sobre la mesa. Todo estaba listo, el día tan deseado había llegado. Aunque contaba con todo el tiempo del mundo, estaba ávida por culminar la tarea que con tanta paciencia esperó. Harta de cachetear a su hermana para que dejara de implorar con esos exagerados gestos que amenazaban con expulsar sus ojos, las manos le temblaban y comenzaban a hinchársele y eso no era bueno para su labor, tenía que conservar un pulso, como decían cotidianamente (pensó que el termino jamás estuvo mejor empleado) de cirujano.

Preparó la jeringa y clavó la aguja en el cuerpo de Jenny. En lo que la anestesia comenzaba hacer efecto, le quitó la mordaza y entonces suplicó con voz muy débil:

–No lo hagas, por favor. Te lo ruego.

–Cállate idiota, sólo tomo lo que me pertenece.

Después cogió el bisturí, trozó la blusa de su hermana y sobó su abultado vientre. Recargó la navaja y comenzó a aplicar, con sumo cuidado, el primer corte. Sonrió complacida al constatarse que, tantas y tantas horas de práctica, primero sobre diversos frutos y luego en animales, habían dado resultado, la fisura era perfecta.

Jenny estaba seminconsciente, pero en cuanto Caroline penetró un poco más la piel, se desmayó del dolor. Caroline continuó capa tras capa de piel hasta llegar por fin a la tan anhelada telilla delgada, esa fina pielecilla que había que rasgar con mucha mayor delicadeza y tras al cual se encontraba su botín. Así lo hizo, tenuemente como tantas veces lo practicó en pollos, y sin dejar de secar la sangre con cientos de gasas. De pronto, todo se abrió y un río de viscosos líquidos, morados, rosas y violáceos, se desbordaron.

Caroline colocó una toalla y removiendo las entrañas de Jenny introdujo su mano hasta capturar al bebé, luego, lo extrajo de un brusco jalón. En cuanto el bebé vio la luz, o casi se podría decir que a Caroline, soltó un agudo llanto. Caroline no se disgustó, simplemente tomó el bisturí y cortó el cordón umbilical.

Sin mayores contratiempos envolvió a la blanca nena en una cobijita y salió de la cabaña sin siquiera voltear a ver a su hermana que se desangraba moviéndose dolorosamente por falta de la dosis correcta de anestesia. Abrió la puerta y se fue sin tomarse la molestia de cerrarla ¿a quién le importaba?

Breves instantes después, unas insistentes patadas volvieron en sí a Jenny por unos brevísimos segundos, lo suficiente para llamar por ayuda.

Cuando los paramédicos llegaron a la cabaña, tenía escasos minutos de haber muerto.

–No hay nada que hacer, –dijo la doctora al descubrir que no tenía pulso.

–¡Espera! –Respondió su compañera incrédula de lo que sus ojos estaban presenciando, –¿qué es eso? ¿Su vientre se movió?

Así era, allí muy bien escondido estaba un segundo bebé. Se trataba de un varoncito moreno claro que, furioso, no cesaba de patear. La historia lo conocería como Henry, el vengador sanguinario.

…no te pierdas la segunda parte, la próxima semana.

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