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Vacaciones de verano

 30 jul 2018
Por: Alejandro Mier

“El zapato oloroso” fue la primera sacudida clara que mi oscuridad arrojó. Sucedió a los nueve y fue gracias a mi maestro Raymundo. Un año antes, el invierno se había adelantado. Los niños invadían las calles rumbo a la escuela y aunque iban tapados con bufandas y guantes, no dejaban pasar la oportunidad de pintar su nombre en la capa de hielo que se formaba sobre los autos.

Mientras más se acercaba la manecilla chiquita a las ocho de la mañana, el río de uniformes café con blanco se acrecentaba. Salían de la avenida central, de los retornos ocho, nueve y diez y otros más de los multifamiliares. Poco les importaba que las puertas de la Fray Eusebio Francisco Kino estuvieran a punto de cerrar.

–¡Pollo!, ¡Pollo!, –le gritó Neto al güerito. Recién le había apodado de esa manera Laura, su compañera del asiento de adelante, porque decía que el color de su piel era igualito al pollito que le regalara su prima. En el salón de clases se corría con gran prontitud el rumor del nuevo mote, así que Neto, para salvar el honor de su mejor amigo, comenzó a pasar la versión de que le apodaban el Pollo pues en la última kermés había matado diez pollos con sus propias manos. Cuando los de primero y segundo se cruzaban en su camino, raudos y veloces se quitaban ante el temor de que el Pollo los estrangulara también a ellos. En verdad el Pollo era un niño inofensivo, pero andaba mejor por la vida bajo el escudo de sus leyendas.

El Pollo alcanzó a Neto y entraron a la escuela justo en el momento que sonó la chicharra. A diferencia del resto de los niños, ellos no esperaron a que la señora Equihua bajara el letrero rojo con el que dirigía el tráfico escolar para encaminarse al 3o “A”, ya que la severidad de los castigos de su profesor eran muy temidos. Se llamaba Juan Francisco y era todo un artista en el arte de despertar en los niños los instintos de violencia e ira más puros.

A mí, me golpeó. Lloré porque a mis amigos cercanos, y a los no tanto, les aconsejaba que nunca permitieran que los humillara.

En este momento lo tengo frente a mí. Está en su escritorio. Hay un desnivel en el piso que a los de nueve nos hace ver más chicos y a él, a pesar de ser chaparro, tan grande como la peor pesadilla. Se incorpora y ruge:

–¡Tú, pasa al frente!

Yo lo escucho y llama mi atención no sólo por su celadora voz, sino porque el chipote y los puntos rojos de sangre causados por el borrador que me arrojó, estallan en la frente de enfrente de mí, la de Aarón, el niño más tranquilo del grupo. ¡Cómo hay gente que es bruta hasta cuando no se esfuerza, pobre Aarón!, todavía entre sollozos me alcanzó a decir: ¡Pásale Pollo, antes de que aviente algo más!

Ya frente a él, me quito los guantes que mi mamá me tejió y pongo la mano en una posición que no se usa para ninguna otra situación: el brazo bien estirado, la palma hacia arriba y los cinco dedos juntos, en sentido vertical. Hace frío. Duele más adentro de lo que reflejan las uñas moradas. Ahí parado en el nivel alto, el del poder, volteo a ver a mis compañeros, a los que aconsejaba. Me siento muy mal. Los traicioné. Sus caras tristes, con miedo, me conmueven. No paro de llorar. Estoy justo en el lugar donde uno se coloca para dar clase. De hecho, la estoy dando.?Afortunadamente no fue la única clase que di. La segunda fue pocos días después.?Por temor a un enfrentamiento, no se lo platiqué a mi padre. Más que en busca de protección, para consuelo mío y cuidando de que no descubriera mi cobarde comportamiento, se lo dije a mi hermano Gerardo. –No te dejes. Fue su respuesta.?

¡Tú, pasa al frente!?“¡Carajo! ¡Otra vez a mí! No puede ser”. Pienso mientras el borrador pasa sobre mí, para estamparse, seguramente, en la cabeza de Aarón.

Ahí voy. Despacio. Todos me ven. Él me espera. Laura se lamenta, bajito. Desenfunda su espada. Mide sesenta centímetros de largo por seis de ancho y media dolorosa pulgada de espesor. Antes de alcanzar el escalón ya estoy llorando. No me siento derrotado. Me paro frente a Juan Francisco. Muy cerca de él. La conocida señal interna me indica que me ponga a mejor distancia. El llanto para. Doy tres pasos atrás, o lo que es lo mismo, a donde su largo brazo y la humillación no me pueden alcanzar. Ya no veo a Aarón, ni a Rico, ni siquiera a Neto. Veo a Juan Francisco a los ojos y dejo que salga lo que él mismo me enseñó: ¡Hijo de la chin...! ¡Me vuelves a pegar y te rompo la cara! Además, ya le dije a mi papá y te va a venir a buscar a la salida.

La última palabra la terminé de decir probablemente muy cerca de la dirección de la “Kino” porque ese día corrí como nunca hasta ahí.

Para fortuna mía, Juan Francisco ni siquiera salió del salón. Rato después entró a la oficina de la directora. Ella nos dejó solos. Me pidió que no lo comentara con mi papá. Fue como hacer un pacto callado, porque el resto del curso, dejó de golpear, incluso a mis compañeros.

La directora quiso que esa mañana permaneciera con ella en su oficina. Era muy tierna y tenía el don de no hablar mucho y de recargar tu cabeza en sus abultados pechos. Su tibieza juro que era más convincente que la misma regla de Juan Francisco. Las historias de su aroma y número de lunares aún varios compañeros la recuerdan. Son seis, decía Pablo, yo los conté. En realidad, tomando en cuenta el más chiquito de la curva, sumaban ocho. Lo sé porque en esa edad la altura es estratégica y si te parabas de puntitas, exactamente en el instante en que succionaba tu cachete, podías alcanzar a divisar de reojo, los dos más ocultos.

Pocos meses después, llegó Raymundo. Un nombre poco común que yo no había escuchado, calzado en un hombre menos común que se convertiría en un ejemplo para todos los compañeros de cuarto año de nuestra educación primaria. ¡Qué fácil es hacer feliz a un niño y qué importante saberlo guiar!

El invierno volvió y una helada mañana, a causa de no llevar el material de la clase de dibujo, tuve que quitarme de nuevo los guantes, sólo que, en lugar de una enorme regla, Raymundo puso en mi mano un arma mucho más poderosa: un lápiz. Me lo dio para escribir y así mantenerme ocupado.

Al terminar la clase, revisó mi trabajo y me pidió que sin falta lo llevara terminado al día siguiente.

Apenas entré en el salón, me preguntó si había acabado mi tarea. Ya casi, contesté. Bueno, siéntate acá adelante y al rato la vemos.

Después de leerlo terminado, me dijo que quería hablar con mis papás.

“El zapato oloroso” causó tal revuelo que tuve que volver a subir al famoso desnivel, ya que Raymundo insistió en que leyera el cuento a mis compañeros. Cuando se lo mostraron a la directora casi me ahoga con el recargón en el que descubrí un noveno lunar que jamás confesé a mis compañeros. Ese lo guardé para mí. Y mis padres, a causa de la plática con el profesor, me regalaron un divino “viaje” en el que Sherezada le rogaba a su padre que la dejara ser la siguiente esposa del rey que había prometido casarse y matar cada día a una mujer diferente, en “Las mil y una noches”.

En las clases siguientes, Raymundo algunas veces me daba un lápiz y otras un balón, porque su sueño era vernos ganar el torneo escolar.

El último recuerdo que tengo de Juan Francisco, fue en sexto año. Acabábamos de salir de clases, nos dirigíamos al carrito de los chicharrones cuando vimos que en el andador donde los niños nos citábamos para pelearnos, le pegaba sin compasión al papá de un niño que yo no conocía. Su mamá lo abrazaba y ambos lloraban de ver como sangraba de la nariz y la boca el desafortunado señor. Había mucha gente, niños, señoras y algunos señores. Nadie movía ni un dedo y Juan Francisco se daba vuelo vapuleándolo. La ira contenida de tres años, aunada a la imagen desesperada de la mamá y su niño, sacó fuerzas en mí y cegado me fui, cual locomotora, sobre la espalda del maestro, el cual no requirió más de tres dedos para hacerme salir volando contra el muro. Me incorporé muerto de terror, ya listo para recibir la andanada de golpes, pero éstos no llegaron. Primero las mamás y luego los señores se interpusieron separando al profesor de su presa y ayudándome a mí a levantar la mochila y el orgullo. Neto puso su mano en mi hombro y caminamos callados hasta llegar a casa. Poco tiempo después, supe que Juan Francisco había sido expulsado de la escuela.

Rico, era un maestro de la banda y se llevó a dos contrarios antes de tocar el balón a Hernán, el niño ecuatoriano. Él dribló con su característica habilidad al defensa y puso el esférico justo ahí, donde el Pollo venía brincando, y asestó tremendo testerazo doblegando al arquero. No perforó la red porque en la “Kino” no llegábamos a tanto, pero sí fue suficiente para que el árbitro hiciera sonar su silbato.

Ese fin de curso de 1976 ganamos el torneo de fútbol y en el mismo instante en que Raymundo levantaba los brazos con los puños cerrados y la sonrisa franca, comenzaban las vacaciones de verano.

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