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Madrugada roja

 30 nov 2017
Por: Alejandro Mier

 La alborada de ese domingo, Fernando y Gonzalo dormían profundamente hasta que el ruido de un motor que aparcaba al pie de su ventana, los despertó. Fernando se incorporó para ver de quien se trataba, sin embargo, Gonzalo lo tomó del brazo y aunque no le dijo nada, la expresión de sus ojos denotaba todo el miedo posible de un niño de diez años.

Sus padres habían salido de fin de semana y aparte de ellos dos sólo se encontraba José, su joven hermano.

–Tranquilo. Sólo voy a asomarme sin que me vean, –dijo en voz baja.

Su casa era la última de la calle y no resultaba extraño que la gente buscara el refugio del obscuro rincón que se formaba en la boca del callejón. Algunas veces eran palomillas que se juntaban para beber o drogarse y muchas otras ocasiones, como esta, era tan sólo una pareja en busca de un lugar íntimo.

–¿Ves? –Musitó Fer–, son sólo un hombre y una mujer besándose, ¿quieres verlos?

–¡Ya! –respondió Gonzalo que seguía temeroso de que lo descubrieran husmeando– vente a dormir.

Enseguida Fernando se recostó, pero no pasaron más de diez minutos cuando un escandaloso impacto, como de cachetada, desgarró el silencio de la noche.

A él, continuaron más y más golpes, seguidos por el llanto de la dama.

Esta vez a Fernando si le costó trabajo pararse, pero el deber de proteger a su hermano menor, le dio fuerzas para llegar a la orilla de la habitación y desde ahí, abrir un diminuto hueco por el cual ver lo que pasaba.

El galante señor del Mustang, de pronto se había convertido en un energúmeno y no cesaba en su incontenible ráfaga de puñetazos. La larga cabellera roja de su compañera, se sacudía de lado a lado y los quejidos eran tan lastimosos, ahora ya mucho más ahogados, que tal parecía que estaba a punto de matarla.

Los minutos pasaban y nadie intervenía. De las casas vecinas, se veía como se movían las cortinas pero nada más, vaya, ni siquiera una luz se encendió.

–¿Qué pasa? ¡Qué pasa! –preguntó José al entrar en la habitación de sus hermanos.

–¡Un tipo está golpeando a su novia, la quiere matar! –contestó Gonzalo.

–¡A ver, quítate de aquí! –dijo empujándolo de la cama. José alzó el colchón y extrajo la pistola de su papá.

–¿Qué vas a hacer? –cuestionó Fernando parándose frente a él.

–Nada, niño. Tú sólo hazte a un lado.

A Fernando ahora le dio más miedo lo que pudiera hacer su hermano que lo que ocurría afuera. Papá le tenía prohibido tocar el arma y estaba seguro que José ni siquiera sabía como usarla.

–¡Déjalos, José! Que hagan lo que quieran. Tú no te metas –reclamó Fernando.

–¿Estás loco? ¿Qué no te ha enseñado papá que a las mujeres hay que defenderlas? –refutó José mientras intentaba cargar el arma.

En la calle, el violento ataque no paraba.

José se acercó a la puerta de la terraza para salir, pero se detuvo ya que cada vez que jalaba la “escuadra”, intentando cargarla, la “recámara” del arma botaba una bala al piso. De Pronto, de otras casas vecinas salió una lluvia de tiros, seguramente expulsados al aire con la intención de espantar al atacante.

Los disparos surtieron efecto. El hombre abrió la puerta del auto y de una patada, arrojó a la mujer al piso. Acto seguido, encendió el potente motor y escapó rechinando las llantas.

Todo pareció terminar. La chica se incorporó como pudo y comenzó a tocar la puerta de la casa en busca de auxilio. Pronto, la reja quedó ensangrentada, pero ¿cómo dos niños y un adolescente iban a ayudarla? Era mejor esperar a que algún adulto se acomidiera.

–¡Ya viene la ayuda! –dijo Gonzalo.

Efectivamente, del otro extremo del callejón, se escucharon unas pesadas pisadas que se dirigían a la mujer; sin embargo, ¡oh sorpresa! Era de nuevo el tipo y esta vez venía armado con un tubo, ¿qué pudo haberle hecho la mujer para hacerlo enfadar tanto?

El tipo arremetió un trancazo en el muslo y otro en la espalda; completamente a su merced, la mujer agachó la cabeza dejando la nuca al descubierto. El atacante, cual bateador de béisbol, tomo vuelo meciendo el tubo hacía atrás y justo cuando parecía que daría el zarpazo final, se oyó el chillar de una sirena de patrulla. Rápidamente le dio un último puntapié y corrió hasta el auto que lo esperaba con el motor encendido, listo para huir y no ser encontrado nunca.

En un par de minutos, ahora sí, la calle era un mar de vecinos.

Fernando le pidió a su hermano menor que permaneciera en la habitación. José y él salieron a la terraza y vieron como dos policías ayudaban a ponerse de pie a la mujer. Su abultada melena le cubría el rostro. Comenzaron a caminar rumbo a la patrulla y fue exactamente cuando estuvo debajo de Fernando, que la mujer volteó, lo miró profundamente a los ojos y en un acto lento, teatral, casi como a propósito, deslizó sus dedos por arriba de la frente y de un solo movimiento se desprendió de la roja cabellera, arrojándola al asfalto.

Fernando quedó pasmado. La imagen de ese rostro tosco, bañado en sangre; la prominente “manzana” en el cuello y las pestañas postizas haciendo una larguísima sombra que amenazaba con subir hasta él y jalarlo por los pies con sus venosas manos, se instaló en esos recónditos cajones del cerebro que portan el letrero de “jamás olvidar”.

 

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