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Encuentros

 11 sep 2017
Por: Alejandro Mier

 Son la siete de la mañana y ha llegado la hora de marcharse. Tras la ventana, los primeros rayos matutinos rozan un rostro satisfecho, complacido y cansado. En su habitación reina una calma absoluta que se distrae, a momentos, por el cantar de unos pajarillos que revolotean en el majestuoso roble del jardín. Su gente lo toma de la mano y al cerrar los ojos alcanza a dibujar una leve sonrisa que queda congelada.

Ahora, se encuentra cruzando un largo túnel; al final hay una luz cegadora que es seguida por un impecable césped. Debe ser primavera; las flores multicolores lo llenan todo. El cielo resplandece y entre sus nubes blanquiazules deja asomar un tímido Sol que entibia con suavidad el ambiente. Una ligera brisa de viento alborota el escaso cabello cano del hombre que camina por el prado. Un silencio tranquilizador es invadido por los ladridos lejanos de una perra. El animal casi va flotando; su andar luce vigoroso, sano, fuerte y sumamente feliz de ver a aquel anciano. Antes de llegar a su encuentro, se detiene frente a él. Entre los surcos de su rostro descubre un aire familiar y el hombre que en vida nunca aprendió a llorar, siente como dos insolentes lágrimas se pasean por sus mejillas. Se miran con nostalgia. La perra vuelve a su trote, le brinca encima y caen dando juguetonas volteretas sobre el pasto. “Hola vieja amiga, hola. Te agradezco que hayas venido a recibirme. Por fin llegué. Ambos sabíamos que un día cualquiera te alcanzaría”. La perra se incorpora y lo encamina; están conscientes de que es a ella a quien ahora toca guiarlo. El viejo continúa: “y dime, ¿qué has hecho todos estos años?, espero que por lo menos hayas mejorado tu estilo de recoger trozos de madera; no me digas nada, lo veremos esta misma tarde. ¿Sabes?, me siento alegre de estar nuevamente contigo; ahora todo será como siempre. ¿Te acuerdas de nuestros paseos por la playa?”

La melancolía hace que su mente se transporte en el tiempo llevándolo muchos años atrás, donde un pescador teje su red mientras observa el juego que se repite: el hombre le arroja un trozo de madera al mar y el perro nada entre las olas para llevárselo de regreso a la mano amiga que lo festeja; lo vuelve a aventar y continúa corriendo sobre la arena. El pescador intrigado conserva la duda de quién es más feliz, el perro con el hombre o el hombre con el perro. Ella es un hermoso ejemplar de bóxer que sabe cómo posar y muestra la elegancia del porte de una raza de campeones. Su talla es mediana; piel aleonada con pecho y “guantes” blancos al igual que el rombo que se le forma en la frente. Él la mira con cariño, con orgullo. Ve en su compañera cinco felices años que comenzaron en aquella boscosa zona de “La Marquesa” en la que a la vida se le vino en gana presentarlos. Él no puede ocultar su satisfacción, al pensar que supo elegirla con maestría, como un experto en canes, con ese ojo clínico que sólo los verdaderos conocedores de animales poseen. Ella, nunca le dirá la verdad de que, en realidad, el que lo escogió -y no sólo a él sino a toda su familia- fue ella. La cachorrita, al verlos, se incorporó de entre la maraña desuniforme que formaban las diez crías, se acercó a ellos moviendo la cola y eso fue suficiente para enamorarlos.

Un lustro después, regresan de un paseo nocturno. Son una pareja callada. Las palabras tercas de redundancias amorosas son canjeadas por un apretón de cachetes que le dejan las manos mojadas. Caminan sin rumbo mientras una Luna vestida de cuarto menguante parece sonreírles. De pronto el ambiente se enrarece; todo pasa con gran rapidez. Él, al llegar a la calle, se detiene para ajustarse la agujeta del zapato. En la acera de enfrente, se escucha la voz de su pequeña hija que le grita: “¡Papá, papá!”. El perro corre al encuentro motivado por su instinto protector; sin embargo, su suerte es cruzada por un auto que sale de la nada a gran velocidad.

La golpea justo en el botón que acusa muerte cerebral. El hombre hace por salvarla, pero es en vano. Su corazón, agitado, poco a poco va entrando en calma. Él la protege, si se va a ir, por lo menos tendrá el consuelo del amigo que la acompañe a llegar a la luz que está en el fondo del túnel.

Así sucede y no hay nada más que hacer. El hombre la acaricia por última vez y a lo bajo, murmura: descansa en paz, mi Chata. “Te veré en la eternidad, pero aún no, aún no”.

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